
En un mundo de velocidad, ruido y pérdida de valores,
el templario es un ancla.
El templario de hoy no lucha con la espada.
Lucha con integridad, conciencia y responsabilidad.
No cambia el mundo con ruido.
Lo cambia con el ejemplo.
La representación nunca es una cuestión de imagen.
Es una exigencia.
Una exigencia de porte, comportamiento y contención.
Una exigencia de coherencia entre lo que se encarna y lo que se muestra.
Una exigencia de silencio, cuando la dignidad habla más que las palabras.
Esta alta dignidad no me eleva por encima de los demás.
Me compromete.
Donde algunos ven solo brillo,
otros reconocen el peso, la continuidad histórica y la exigencia moral.
Ser alto dignatario de la Orden Templaria de San Juan
significa aceptar que el honor obliga más de lo que eleva.
Significa comprender que el rango no tiene valor
sin contención, fidelidad y sentido del deber.
La apariencia exterior pasa.
La responsabilidad permanece.
Jasmina Marinković
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